
por Daniel Filmus. Ministro de Educación de la Nación
(De: http://www.clarin.com/diario/2007/01/03/opinion/o-02301.htm)
La nueva Ley de Educación es un gran paso para mejorar la escuela. Políticas de mediano y largo plazo, sin partidismos, deben hacerla cumplir.
La reciente sanción de la nueva Ley de Educación Nacional con un amplio debate y consenso educativo, social y parlamentario invita a imaginar que es posible una Argentina mejor para las nuevas generaciones.
Imaginemos por un momento una Argentina donde la educación y el conocimiento ocupan un lugar central en la preocupación de la sociedad y, más allá de las perspectivas partidarias, son concebidos como el eje central de la construcción de un modelo social que combina un fuerte crecimiento económico con una justa distribución de la riqueza.
Imaginemos que en esta Argentina todos los jóvenes egresan de la escuela media y ello significa que dominan los saberes y valores necesarios para continuar estudiando o ingresar dignamente al mundo del trabajo. Al mismo tiempo, estos aprendizajes les permiten participar en la construcción de un sistema político profundamente democrático y desarrollar una ciudadanía integral. Ello impide que sobrevivan modelos que propongan formas corruptas o clientelares de hacer política.
Una Argentina donde no importa de qué hogar ni de qué región del país provienen estos jóvenes, porque todos —también los más humildes y los que habitan muy lejos de las grandes ciudades— pueden obtener una educación de excelente calidad. El horizonte de cada uno de ellos está marcado por su capacidad y no sólo por su cuna.
Los más pequeños ingresan tempranamente al sistema educativo, algunos desde los primeros meses, y desarrollan en el nivel inicial las competencias necesarias para acceder a la escuela primaria en una verdadera igualdad de oportunidades.
En esa Argentina imaginada, todos los chicos concurren a una escuela primaria que tiene jornada extendida o jornada completa y así, disponen del tiempo necesario para aprender —además de las disciplinas básicas— un segundo idioma, familiarizarse con las nuevas tecnologías y desarrollar to da su potencialidad en la expresión artística y la práctica del deporte.
En esta escuela que soñamos trabajan articuladamente todas las áreas sociales del Estado, especialmente salud y desarrollo social, para garantizar el respeto integral a los derechos del niño. El maestro ya no tiene que dejar de lado las tareas pedagógicas para atender los problemas sociales y familiares de los niños. Se dedica exclusivamente a la actividad para la que fue formado: enseñar.
Todas las escuelas pueden ofrecer educación de calidad porque tienen la infraestructura y la tecnología adecuadas y porque tienen maestros y profesores jerarquizados, con condiciones de trabajo y salarios dignos. Docentes con una sólida formación de base y con posibilidades de capacitarse gratuitamente a lo largo de toda su carrera profesional. Docentes apasionados por el conocimiento, la lectura y las ciencias y dispuestos a transmitir esa pasión a sus alumnos.
En esta Argentina imaginaria los padres no eligen la escuela de gestión pública por descarte. Lo hacen porque así lo prefieren, porque brinda excelente calidad e igualdad de oportunidades y están orgullosos de su decisión. Los padres que eligen la escuela de gestión privada lo hacen porque desean formar a sus hijos en un ideario pedagógico social específico, en un marco de valores particulares o convicciones religiosas. También ellos están orgullosos de su decisión.
Todas las escuelas son participativas. Los docentes, padres y estudiantes y la comunidad son protagonistas del proyecto institucional.
También podemos imaginar por un momento una Argentina sin analfabetos, donde todos los jóvenes y adultos tienen la oportunidad de continuar aprendiendo a lo largo de toda la vida para adaptarse a los cambios del mundo del trabajo, para superarse o porque simplemente, les gusta.
Y ya que estamos imaginando, por qué no pensar que en esta Argentina del futuro los medios de comunicación trabajan codo a codo con la escuela para promover la cultura del respeto, la paz, la no discriminación y la solidaridad.
Podríamos seguir imaginando, pero hacemos un alto porque, por momentos, parece que hablamos de una Argentina imposible. ¿Por qué? ¿Hay alguna extraña razón por la que nosotros no podemos incorporarnos a las naciones que han logrado estos objetivos? ¿Nuestros niños y jóvenes no se merecen vivir en una sociedad donde la democratización del acceso al saber les permita integrarse a una sociedad más desarrollada y más justa? ¿Nuestros sueños como país están condenados a quedar en eso, en sueños?
Sabemos que no, porque no siempre fue así. Sobre mediados y fines del siglo XIX, en esta alejada región del mundo, algunos argentinos imaginaron que era posible construir otro país a partir de la educación.
No había escuelas, no había maestros, ni siquiera había población suficiente para llevar adelante la empresa. Sin embargo, la idea de que la educación debía ser una política de Estado que nos distinguiera como nación y sustentara el progreso del país tuvo éxito durante buena parte del siglo XX.
A pesar de los esfuerzos de los gobiernos dictatoriales y de las políticas económicas de las últimas décadas que desvalorizaron el aporte de la educación, la ciencia y la tecnología, Argentina mantiene las reservas sociales e intelectuales que le permiten volver a plantear el desafío de concebir a la educación como su principal estrategia de desarrollo. Un ejemplo de ello es lo mucho que se ha avanzado en estos últimos 3 años.
La nueva Ley, nacida del profundo debate social y de un fuerte compromiso de los docentes, está ahora sancionada. Sabemos que las leyes por sí mismas no cambian la realidad. Necesitamos de políticas de mediano y largo plazo que, independientemente de las características partidarias del gobierno de turno, promuevan el cumplimiento de los objetivos de la Ley.
Aspiramos a que —como en el pasado ocurrió con la ley 1420— el cumplimiento de esta norma perfile, para el siglo que comienza, un horizonte educativo que esté a la altura del país que imaginamos y que nuestros chicos merecen.
Fuente: www.clarin.com